Sólo, como desde siempre que lo recuerda, Lucio despertó aquel lunes rodeado de lo cotidiano en su vida: una parrilla antigua, los trates de peltre sin comida, el catre viejo donde dormía en aquel cuarto de pequeñas dimensiones y unas camisas amarillentas que ocupaba para los días de fiesta o los domingos para ir a la misa de mediodía. Originario de la sierra norte de donde emigró después de la muerte de su tata, vivía sólo en una de las colonias más populares de la capital. Joven sí, apto para el trabajo del campo y las veredas, fue todo un calvario llegar a la ciudad donde ni las veredas ni el trabajo, mucho menos la comprensión existían. Lo único que mantenía a Lucio con la esperanza de rehacer una vida distinta a la de la sierra donde las semillas de su tierra cada año valían menos era que su tía Remedios (prima hermana de su tata) pudiera recomendarlo en una de las casas donde ella había trabajado como sirvienta desde hace 30 años que dejo la sierra. El cariño entre ellos era mero requisito, el lazo sanguíneo era lo único que formaba compromiso de respeto en él y obligación de cobijo temporal en ella.